Con 35 años me encuentro mejor que con 25.

No suelo contar mis problemas de salud porque creo que no debemos tomar a nadie como referencia en este aspecto. Cada persona es diferente, y tiene unas necesidades concretas. Así que dejo claro que esta no es una guía, sólo un testimonio. Si tienes un problema, tienes que buscar solución en profesionales.

Hoy lo hago concretamente para defender la dietética, que es mi pasión, y que creo está muy mal considerada por el sistema sanitario y la sociedad en general. También porque acabo de cumplir años, y he estado reflexionando sobre el pasado. Y también lo hago desde la frustración: es duro cuando un familiar o alguien cercano desoye tus consejos, y dice no “creer en esto de la alimentación». Por eso voy a contar la razón por la que defiendo a capa y espada la necesidad de cambiar tus hábitos y tu dieta, si tienes un problema de salud o lo quieres evitar.

Desde la adolescencia sufrí migrañas contundentes. Comenzaron con la amenarquia, y al inicio estaban asociadas al ciclo menstrual. Al pasar el tiempo, se extendieron a cualquier momento del mes. Traté el problema en medicina alopática: tras muchos estudios y el paso por varios especialistas, concluyeron que eran hereditarias, que necesitaba medicación para el dolor y que, por si acaso, también tratamiento hormonal, porque parecía que tenían que ver con hormonas sexuales.

 

Las explicaciones que me dieron no me convencieron demasiado, así que no me tomé el tratamiento hormonal, y decidí comenzar con el tratamiento analgésico, porque el dolor era insoportable: cuando aparecía debía tomar 1 gr de paracetamol y, si no se me pasaba, algo similar al Zomig actual. En fin, lo probé una vez a eso de los 18 años, justo coincidiendo con selectividad tuve episodios inaguantables. El Zomig es de la familia de los triptanes, interviene en la vasoconstricción del sistema circulatorio cerebral, y alivia el dolor. Si lo habéis probado sabréis de qué os hablo cuando os cuento que me pasé ese día tumbada en la cama, con una debilidad muscular y una niebla mental brutal. Mi médico dijo que tenía que elegir entre el dolor, o estar aturdida. En plenos exámenes estar aturdida no era una opción, así que tocó pasar dolor.Así durante los primeros años estudiando Biología, medicada ocasionalmente y con ingresos en urgencias. Empecé a comprobar que ciertos alimentos tenían que ver, incluso que los dolores de cabeza tenían relación con sensaciones digestivas: irregularidad en el tránsito, apetito descomunal justo antes de comenzar con la migraña…. Vi publicaciones científicas que describían relaciones entre migraña y alimentos; al principio no hice mucho caso, yo tampoco lo veía claro. Como ya he dicho, tenemos muy poca cultura o nos educan mal en lo referente a la importancia de comer bien, así que entiendo que te pueda pasar lo mismo. Ya desesperada, decidí ir eliminando alimentos: lácteos, azúcar refinada, legumbre y cereal, sobre todo con glúten, por supuesto alcohol.

No sabía muy bien qué comer, hasta le había cogido algo de miedo, y me quedé en unos 48 kg, débil y sin ciclo menstrual; eso si, las migrañas se redujeron. Mi familia se asustó y de nuevo comenzaron las visitas médicas. En endocrinología me dijeron que todo estaba perfecto, pero seguramente padecía bulimia o anorexia. Así quedó mi diagnóstico, un trastorno nervioso. En ningún momento dieron valor a los comentarios que hice sobre mis hipótesis que relacionaban comida y migraña. Ni hicieron pruebas de celiaquía o intolerancia a la lactosa; esas me las pagué yo en una consulta privada, y comprobé que no era celiaca, pero que padecía intolerancia a lactosa (por cierto, el triptán tenía lactosa como excipiente…); aún así los cereales y especialmente los que contienen glúten, me generaban claros síntomas.

Seguí investigando por la cuenta que me traía. Me matriculé en una asignatura de libre elección en la facultad de Medicina de Santiago de Compostela que trataba sobre medicina natural, en la que vi algo sobre nutrición. Empecé a ordenar mi dieta, cogí peso y las migrañas, hasta día de hoy, sólo se manifiestan en casos extremos de tensión. Han habido años enteros sin ningún episodio!

Hoy mi alimentación no es tan estricta, porque no lo necesito. Pero no consumo ciertos alimentos habitualmente porque sé a lo que me arriesgo. Me encuentro bien, haciendo más ejercicio físico que nunca, estudiando y trabajando, y sin medicación. Además hice otros cambios: como siempre me decían que mi problema era de origen nervioso, comencé a meditar, e incluí ejercicio de fuerza (por aquel entonces sólo corría).

Llegando a meta en la Babia Sherpa Tour 2018. Dos días de carrera dura y genial a la vez.

Nadie hasta ese año en la facultad de medicina me hablo de qué es en realidad la migraña (sus fases, tipos, sus posibles manifestaciones), los tipos de histamina, el metabolismo de la misma y su posible relación, el papel de ciertos neurotransmisores como GABA, relación con el sistema inmune (y por lo tanto con el intestino y el hígado), los ciclos hormonales sexuales y la gestión metabólica de estas hormonas… Y un sinfín de cuestiones que quizá te suenen a chino, como a mi al comienzo. Pero empezaron a encajar como las piezas de un puzle, sobre todo cuando apliqué los cambios necesarios para la mejora.

 

Los años de universidad suelen recordarse con alegría; yo tengo esa mancha oscura de episodios dolorosos y la incertidumbre de no saber qué ocurría. Pero pensándolo bien, tengo que dar las gracias a todo este proceso, porque por él, al terminar Biología, hice el Máster de Medicina Natural y Aplicación en Atención Primaria en la Universidad de Santiago de Compostela, después me embarqué en otros 2 años de formación en Psiconeuroinmunología clínica, tras esto vino el Máster de Especialista en Nutrición Clínica de la Universidad de Isabel Primera, y en breve terminaré el ciclo de Dietética en Ruger de Llúria.

Tengo clarísimo que la nutrición es un pilar básico para cualquier tratamiento. A mi me ocurrió esto hace más de 15 años, pero hoy por hoy sigo viendo personas con un trato similar. La medicina debería dar muchísima más importancia a la alimentación y a los hábitos de vida, porque es la mejor arma de prevención. En los menús hospitalarios debería darse ejemplo. Si pones azúcar, galletas, pan industrial,… a la gente le va a costar mucho entender que eso no le conviene y le puede estar afectando mucho (“cómo va a ser malo si lo dan en el hospital”). También creo que un profesional de la salud debería ser consecuente con sus acciones y dar ejemplo.

Así que hoy, con 35 años, me encuentro mucho mejor que con 25, sin ninguna duda. Nadie me dio una pastilla mágica para que desaparecieran mis males, yo me responsabilicé de mi salud. No digo que la medicación no sea necesaria, por supuesto que si, los medicamentos salvan vidas. Pero será siempre un recurso complementario, y debería usarse con mesura y control.

Espero que lo que aquí relato te sirva para ver que tienes poder sobre tu salud, que las decisiones que tomas importan mucho, y que es necesario cierto esfuerzo para vivir de una forma digna y plena.